Kokinawa sin zapatos en casa
por Isaac Higa Yara
La felicidad está en nuestra vereda
Alguna vez leí en una revista una pregunta que le hacían a una persona sobre
algún momento feliz que recordara de su infancia. El nombre del entrevistado, la
revista y más aun la respuesta que leí en ese momento dejaron de tener
importancia, pero la pregunta se me quedó grabada por un momento y quería
contestarla con toda sinceridad. Sé que nunca me iban a hacer a mí una
entrevista de ese tipo en una revista de ese tipo pero igual quería contestarla
y no me fue nada difícil. Uno de los momentos felices de mi infancia era los
días domingo en la tarde, cuando mi padre me invitaba a jugar fútbol en la
calle, en el garaje de la casa. No era exactamente un partido de fútbol,
empezando porque no había jugadores, tampoco teníamos arcos, y mucho menos
uniformes, solamente los dos, una pelota media gastada y el garaje de la casa,
que en esos momentos dejaba de ser la simple puerta del lugar donde guardábamos
los carros para convertirse en mi arco de fútbol. Tampoco era una final del
campeonato mundial, ni siquiera del campeonato del Estadio La Unión2,
era un simple domingo en nuestra vereda.
Mi casa quedaba en una calle cerca de un ministerio publico, así que todos los
días era muy transitada y estaba llena de carros y personas, pero los domingos
se volvía quieta, apacible y solitaria. Teníamos garaje, la vereda, luego la
pista y finalmente la otra vereda. Entonces mi padre tomaba la pelota y se iba a
ala otra vereda, mientras yo me quedaba en mi arco en forma de garaje. Y allí me
tenían a mí, esperando la pelota que salía, surcaba la pista y llegaba, algunas
veces a mis manos a otras directamente al arco haciendo un tremendo ruido, que
estaba lejos de parecerse a los ruidos de la tribuna pero era lo más cercano que
teníamos en ese momento, mientras yo me prometía que en el próximo tiro iba a
dejar nuevamente el alma en la vereda con tal de silenciar a esa ruidosa
tribuna.
Yo esperaba los domingos con ansias, algunas veces encontrábamos algún carro
estacionado en medio de nuestra cancha de fútbol pero eso no importaba en
absoluto. Mira Pa´ ahora tenemos una barrera para los tiro s libres, le decía
emocionado y sonriendo, y él también sonriendo se iba a su vereda, para empezar
a formar parte, sin que lo supiera, de uno de los momentos más felices de su
hijo. Yo nunca contaba las horas, ni tampoco las pelotas que venían desde la
otra vereda, solamente las disfrutaba y estoy seguro que mi padre también.
Acababa la tarde empapado en sudor y, con mi ropa totalmente llena de tierra y
de gloria, le decía al arco que volviera a ser garaje y sólo esperaba que pase
rápido la semana para, otra vez, lustrar la vereda.
Ahora que me pongo a pensar y escribir sobre eso, me sorprende la capacidad que
teníamos, y que espero sigamos teniendo, para sentirnos felices con cosas tan
sencillas, tan cercanas. La felicidad está en nuestras propias veredas.
Creo que nunca le he compartido a mi padre lo maravillosamente feliz que me
sentía en esos momentos, era mi alegría absoluta. Ahora ya lo sabe.
2 Club deportivo de la
colonia nikkei en el Perú
Capítulo 8:
Las diferencias
culturales
Capítulo 10: Larga
vida en Okinawa
Capitulo 23:
Las parejas de japoneses
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