ESBOZOS PARA UN META-DISCURSO SOBRE LA IDENTIDAD NIKKEI

Muchas veces comencé a escribir esta nota. Muchas veces vi a mi intento desplegarse en vano. No es sencillo escribir sobre la identidad nikkei. Un tema con mil recovecos y ninguna luz certera. En mi mente, sólo algunas preguntas se imponen con la fuerza necesaria para su explicitación: ¿existe la identidad nikkei?; ¿es una nueva forma de racismo?; ¿no estaremos renegando de nuestra «verdadera» nacionalidad?.

Dichas estas preguntas comencemos, entonces, por un intento de definición de identidad social. Llamaremos de esta manera al discurso que comparte un grupo social definiéndolo. Es es que, por un lado, no existe la identidad sin un grupo identificado con ésta y que, por el otro, no puede existir tampoco un grupo social que no se sostenga por medio de la construcción identitaria. Aquí cabe una aclaración: nos encontramos siempre en el plano cultural. Con esto quiero decir que no se debe entender a la identidad como una esencia, sino que es una construcción social e histórica. Social porque la formación identitaria sólo se entiende en la interrelación respecto a un otro del cual un grupo se diferencia (construcción reactiva) y a la exacerbación de características propias comunes (construcción proactiva). Histórica, a su vez, porque estas relaciones varían a lo largo de los años (con lo cual las identidades nacen, viven y mueren) dependiendo del entorno, ya sea natural como social.

Si queremos un ejemplo práctico de todo esto, el fútbol nos puede ayudar lo suficiente. Tomemos el caso de la hinchada de Boca Juniors. Este es el grupo social. La expresión más común de la identidad se expresa en el «yo soy de Boca» (discurso compartido). Es una construcción social, por un lado, reactiva: expresada en su máximo nivel por la rivalidad con River Plate; pero, también, proactiva: la autodenominación de «el jugador número 12» o el ícono referencial de Maradona. La identidad es histórica: la institución de la Boca nació en 1905 y fue constituyéndose con el correr de los partidos.

En esta instancia es necesaria otra aclaración: la identidad es resultado del análisis. Quiero decir que, si bien las identidades «existen», el analista cristalizará de alguna manera ciertos datos de la realidad, relegando los matices para lograr una mayor credibilidad. En todos los casos, entonces, se entenderá a la identidad como una formalización, una idealización tendiente a reconocer modelos para la mayor comprensión de la realidad. El análisis es siempre un meta-discurso. Un discurso (análisis) que habla sobre otro discurso (identidad).

Llevado este planteo a lo que nos convoca en este texto (la identidad nikkei: sus múltiples interrogantes) nos apresuremos a responder la primera pregunta en forma afirmativa. Sí, existe la identidad nikkei. Desde el momento en que instituciones se auto-proclamen nikkei nos encontramos, sin dudas, ante un proceso identitario.

Sin embargo, no todo es tan sencillo, ¿qué sucede con quienes no reconocen este proceso? Dos alternativas son posibles. La primera es la simple ignorancia. La segunda nos lleva a nuestra siguiente pregunta (¿es la identidad nikkei una nueva forma de racismo?). En este sentido, hay quienes argumentan que ser nikkei es un «sin sentido». Para fundamentar esto, toman como referencia a personas con descendencia japonesa que no se sienten nikkei. Pero, de esta manera, ¿no están ellos mismos tomando una actitud biologicista? Es decir, ¿por qué todas las personas con rasgos físicos similares deben poseer una misma identidad? Según nuestra exposición anterior, queda claro que la identidad es un proceso cultural. Lo que define al grupo social es el discurso compartido. De esta manera, si alguien manifiesta que no es nikkei, esto es auto-excluyente y definitorio en cuanto a la identidad. (Uno podrá preguntarse si el hecho de que esa persona hable japonés o posea ciertos conocimientos tradicionales japoneses no la hacen continente de una cultura nikkei, pero eso está fuera de este análisis).

En particular, la denominación nikkei nació en Latinoamérica con la segunda generación (hijos de japoneses) que debían lidiar entre su origen nipón y su presente latinoamericano. Algunas voces denuncian que cuando el nikkei se convirtió en dekasegi quedó «al descubierto» su no-ser japonés. No consideraré siquiera este argumento, en tanto que la identidad nikkei remite ciertamente a esta ambivalencia. Más aún, podemos notar un resurgimiento de lo nikkei ante esta situación supuestamente inhibitoria.

Si lo analizamos con detenimiento, detrás de esta actitud en un principio contestaria, nos encontramos con un supuesto fuertemente nacionalista (y respondemos aquí la última pregunta) que considera que la identidad de una persona está dada por su cultura hereditaria, y que entiende por cultura la que se desarrolla en un territorio, conformando una esencia. Una gran mayoría de quienes se identifican como «japoneses» son fuertemente nacionalistas. Pero, ¿debemos confiar en un concepto como el de nación? La idea de nación es una idea moderna. Nació acompañada del estado republicano para crear un nuevo poder político. La nación es casi siempre una imposición. Al decir de Raymond Williams, un proceso hegemónico. Justamente, la identidad nikkei es un grave inconveniente para las concepciones nacionalistas: destruye el pensar a las identidades como islas, procesos a-históricos y a-sociales.

La identidad nikkei existe. Se ha construido sobre la base de la búsqueda auto-conciente de los descendientes de japoneses. Ha servido para que los mismos «no se sientan menos»; para que no se sientan no-argentinos o no japoneses; para superar los prejuicios nacionalistas. Autodenominarse nikkei es una elección identitaria. Es una explicación a las burlas de Primaria. Sí, somos diferentes. Pero estamos orgullosos de serlo. La identidad nikkei está demasiado lejos de cualquier pretensión racista. Es un llamado a la diversidad. A romper con las naciones, comunidades imaginadas, construidas por un poder desde arriba hacia abajo.

Yo, nikkei, comparto estas inquietudes con todos. Desde mis estrechas posibilidades hago un llamado a la convivencia pacífica basada en el respeto. El respeto que no tienen los norteamericanos al sentir que su nación es superior al resto de los mortales. El respeto que no tuvieron los talibanes por considerar a los otros como inhumanos. El respeto que se debe tener por quien construye su identidad de manera pro-activa, identificándose con quien transita las mismas condiciones socio-históricas. Un respeto que se deberá basar en un férreo sentimiento de justicia. Construyendo lazos de amistad, alejando indefectiblemente a la soledad y su terrible sombra. (Pablo M. Gavirati Miyashiro, tomado de la Revista Kinsei, del Centro Universitario Argentina-Nippon).